San Cayetano pisa firme y sin miedo

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  • «No basta con hablar de paz. Uno debe creer en ella. Y no basta con creer en ella. Hay que trabajar para conseguirla».
Por: Emilio Gutiérrez Yance

A las ocho de la mañana, cuando el sol ya colgaba alto como una promesa sobre los tejados de barro, San Cayetano se despertó con los pulmones llenos de memoria y esperanza. El aroma del café recién bajado del fogón se mezclaba con los cantos de los turpiales y el murmullo de las hojas del tamarindo, mientras los primeros rayos del día acariciaban las calles de tierra del corregimiento más poblado de Bolívar. Allí, al costado izquierdo de la Troncal de Occidente, en el piedemonte de los Montes de María, donde los caminos todavía conservan las huellas de quienes lo fundaron en 1776, se levantó el altar de la vida para conmemorar el Día Internacional para la Sensibilización contra las Minas Antipersonal.

No era un día como los demás. Era 4 de abril, y en San Cayetano —puerta viva a los Montes de María— la gente no olvida.

Los niños corrían detrás de una pelota deshilachada en la plaza, dibujando con cada patada una metáfora de futuro. La alegría infantil rebotaba contra las paredes de la iglesia y se mezclaba con los acordes de gaitas y tambores que salían del pecho de los más pequeños, porque también hubo muestra folclórica, con los pies descalzos danzando como si las minas nunca hubieran existido. Pero existieron. Existen. Y por eso el minuto de silencio fue más largo de lo habitual. Porque cuando se guarda silencio en tierra herida, el alma del pueblo también baja la voz.

El coronel Alejandro Reyes Ramírez, comandante del Departamento de Policía Bolívar, llegó temprano, no como un visitante, sino como quien se siente en su propia casa. Saludó con la mano, miró a los ojos, escuchó más que habló. Bajo un árbol, un viejo le contó que San Cayetano debe su nombre a un santo italiano, patrono del pan y del trabajo. Y ese pan, aunque a veces escasea, siempre se comparte; y el trabajo, aunque duro, nunca falta. La providencia, aquí, camina en alpargatas.

Mientras se izaba el pabellón nacional, algunos cerraron los ojos para no llorar. Otros los abrieron bien para no olvidar. Se celebró una eucaristía con las manos entrelazadas como raíces que se niegan al olvido. Allí estaban las víctimas, algunas con cicatrices visibles, otras con heridas que no se ven, pero duelen igual. Ellas, que conocen el precio del miedo, también conocen el sabor de la esperanza.

Desde 2005, el mundo dedica este día a recordar el peligro de las minas y a honrar la vida de quienes han sobrevivido a sus trampas escondidas. En Colombia, entre 2006 y 2025, más de 12.500 personas han sido víctimas de Minas Antipersonal, Municiones sin Explotar y Artefactos Explosivos Improvisados. El número es frío, pero en San Cayetano las cifras tienen nombre, rostro, historia. Aquí, cada víctima es una semilla que se niega a morir, una ceiba que resiste, un sonido que se convierte en canto.

Las minas mutilan cuerpos y rompen sueños, fragmentan familias, arrancan el alma a los caminos. Pero en San Cayetano, donde los domingos huelen a ñame y las oraciones suben con el humo del sancocho, la gente ha aprendido a sembrar donde otros querían dejar estéril la tierra. Por eso, este 4 de abril, el pueblo no se conformó con el luto, sino que se alzó en homenaje, en solidaridad, en llamado.

Un arco de globos blancos colgaba entre dos postes como si el cielo mismo quisiera unirse al homenaje. “Un mundo sin minas es un mundo con más caminos abiertos”, decía una pancarta escrita a mano por los niños del colegio, mientras una maestra explicaba que educar también es desactivar bombas. “Las de verdad y las del alma”, añadió con voz temblorosa.

Y entonces, surgen las bellas letras que le hacen frente a la adversidad:

Porque no queremos más tierra sembrada de miedo.

Porque no queremos más caminos cerrados por el terror.

Porque no queremos más sueños rotos por el estruendo.

Porque queremos vida, y la queremos entera.

La antítesis estaba clara: donde antes hubo explosión, ahora hay canción. Donde hubo mutilación, hay reconstrucción. La guerra quiso dejar cicatrices, pero el pueblo las convirtió en tatuajes de resistencia.

Hoy, San Cayetano, ese rincón fundado por Antonio de la Torre y Miranda por orden del gobernador de la antigua provincia de Cartagena, es conocido por su Festival del Ñame, por estar cerca de San Basilio de Palenque, Malagana o Cartagena. Hoy es símbolo también de algo muy importante: es la muestra viva de que una comunidad puede caminar de nuevo, incluso entre esquirlas, incluso con miedo, incluso con el alma hecha pedazos.

Y así, como al principio del día, cuando el sol apenas nacía sobre los Montes de María, al terminar la jornada volvió a aparecer: un rayo de luz tibia, como caricia, se posó sobre los hombros de una niña que jugaba con la esperanza de que la tragedia no volverá nunca más. La esperanza, en San Cayetano serpentea, vive, patea pelotas, canta cumbia y sueña en voz alta.

Y cada 4 de abril, vuelve a salir el sol…